La batalla del 4 de abril

Profesor Amador Peña Chávez

Este poema épico fue presentado por el autor ante el pleno de la asamblea de la XXIII reunión de la Asociación Coahuilense de Historiadores y Cronistas en Villa Unión, al pie del monumento que conmemora la batalla entre los Republicanos y las fuerzas de ocupación. Abajo, el profesor Amador es acompañado por el alcalde de Villa Unión, Jesús Pérez Treviño.

Mil ochocientos sesenta y cinco.

Gigedo, cuatro de abril.

La fuerza del destino

cobraba con ahínco

la justicia y la paz,

con la moneda ardiente

de su sol en cenit

y el sacrificio de los hombres

por su suelo y su honor.

 

Sesenta enemigos de la insidia

que escucharon el clamor

que México a sus hijos les hacía

para lavar la deshonra y la perfidia.

 

Sesenta guerreros en la lidia

en una cruzada portentosa

ennoblecida por la dignidad,

donde la sangre brava

escaldó por las venas fervorosa

con el estigma de la mexicanidad.

 

Con la pericia bélica

adquirida

en la naturaleza extrema

del llano hostil

y la feroz arremetida India,

con la fuerza instintiva

sustentada en el ser libre y servir.

 

Esperaron impasibles la

ventura...

avivando el ingenio y

la pericia,

confiando en su porfía,

en la razón de la justicia

y el sagrado derecho.

Sin más trinchera

que el zacatal profuso

y el proverbial repecho

del arroyo del Tío Díaz,

sin temer al fragor

ni a la pelea crucial que desafían

de enfrentarse a un combate

con un singular ejército

cinco veces mayor.

 

José María Tabachinski

al frente de los imperialistas,

ufano sumaba en sus listas

reforzado contingente

de legionarios franceses

y traidores mexicanos.

Tabachís, como le llamaba

el hablar de nuestra gente,

tomó la plaza de Nava

haciendo enjundiosa gala

de su presencia y su brío,

altivo se pavoneaba

en su caballo tordillo

de cascos duros y alados

con la columna imponente

de sus trescientos soldados.

 

Su intento, cobrar en Gigedo

la afrenta de Zacatecas

remitida por Naranjo,

tomar luego a Rosales

y apoderarse con eso

del tronco bastión norteño.

 

No contaba entre sus planes

que le acabarían sus sueños

la oposición y el empeño

de la gente de estos lares.

 

Naranjo al frente, Pedro Flores,

Pedro Advíncula Valdés

llamado “El Wincar”

Espiridión Peña “El Chinaco

de Allende”…

junto con más liberales,

formaban maciza cureña

de Nava, Gigedo y Rosales,

puñado de casta brava

que el destino los marcaba

por ser íntegros, cabales

y dispuestos a la lucha.

 

En total, sesenta hombres...

cantidad que no era mucha,

pero de una moral... enorme;

negábanse por completo

del terco afán tan señero

de aceptar las bayonetas

de aquel Napoleón Tercero

y su ejército imperial.

 

II

 

El sol de mediodía fue testigo

del intrépido arrojo y la osadía

que llevó a la derrota

a franceses y a traidores.

Casi al final de la refriega

Tabachís recibe el impacto

de certeros tiradores;

en el intento endeble

por redoblar el paso

para emprender la huida,

entonces, el Chinaco de Allende,

ciñéndole el cuello con su lazo

lo sorprende, segándole la vida;

lo arrastra a cabeza de silla...

rabo en la acción,

desmonta el resuelto llanero

y blandiendo su machete con firmeza

de un tajo con su filoso acero

al temible coloso legendario

le cortó la cabeza;

echándola luego

en el fondo de un morral

que serviría como rústico sudario.

 

Al final de la contienda

asiendo el pelambre bermejo

de la testa de Tabachís,

Espiridión, como prenda de guerra

lo levanta mostrando

ante asombrados ojos

cual si fuera una fatídica quimera.

 

III

 

La Batalla del Cuatro de Abril

es definitivamente distinta,

porque se asienta

como el primer triunfo

de las luchas liberales

y como un sólido impulso

de la gesta de Juárez.

La refulgente llama

aquí prendida,

habría de extenderse

por el país entero

en pos de la anhelada libertad

y la preservación inalienable

de nuestras leyes soberanas.

¡La flama que se encendió en Gigedo,

culminó con el fuego

del Cerro de las Campanas!

 

El sol ardiente del norte

en la infinita llanura,

cimbraron el alma fuerte

y el corazón de bravura

del valiente fronterizo,

de una casta luchadora

curtida en sólida horma

que con sus hazañas hizo

ultimar el vituperio

para que la gesta

heroica de la reforma

triunfara sobre el hechizo

de un extranjero imperio.

 

Del norteño cuya fama

desde remota ascendencia

tiene la costumbre huraña

de desdeñar lo inaudito.

Del norteño que se afana

por tener limpia conciencia,

de tasar en buena lid

todo el honor y decoro

y en la justicia adalid

de las luchas nacionales.

 

Son los Cinco Manantiales

terruño de hombres cabales

que han estampado en la historia

las páginas más bizarras,

hombres de coraje y garras

que han esgrimido querellas

con las armas más leales,

con la llama de epopeyas

han incendiado en sus aras

los más nobles ideales.

 

Con el valor y ese temple

que al norteño lo engalana,

con la franqueza tan llama

que en la frontera se estila:

¡en el alma republicana!

-- Digámoslo con voz al cuello --

hay un astro que cintila

La Batalla de Gigedo

¡qué le dio gloria a Coahuila!

 

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