Torreón

Los primeros cien años

“Uno de estos días te voy a hacer pedacitos” puede leerse en el mural de Gerardo Beuchot como advertencia de la naturaleza al torreonense que se ha asentado en sus territorios, hostiles por su esencia desértica pero amables y complacientes en la convivencia cotidiana, que viene dándose desde hace poco más  de un siglo en que Torreón ha existido como ciudad.

 

Hacia la izquierda, con más color y añoraza de lo que debió ser la región bañada por las aguas libres del río Nazas, vemos las montañas y el valle fértil de La Laguna, en cuyas orillas pescan y cazan los antiguos moradores o visitantes con lanzas y con sus canastas de mimbre, sus nasas.

Un chamán les acompaña y les bendice con su fuego de vida mientras al frente, dos mujeres conjugadas con la piedra observan su imagen tatuada con grabados indígenas en pequeños charcos restantes del agua que se agota.

 

Vienen los fundadores con sus banderas étnicas a asentarse y cambiar el rostro del paisaje construyendo una ciudad. Prominentemente al centro dos personajes: Andrés Eppen es uno de ellos, quien con líneas de fuego traza las amplias calles y manzanas de la villa de Torreón por encargo del Ferrocarril Central Mexicano, en cuya introducción jugó también un papel vital junto a la viuda de don Leonardo Zuloaga.

 

La hermosa casa en el cerro, construida por Federico Wulff, el segundo personaje, también aparece en el mural como símbolo del asentamiento cuya planificación se debe en gran medida a él, sobrellevando los avances de la revolución y la llegada del ferrocarril, libertades ambas con las que la región cobró su vocación agrícola sin dejar de ser un desierto. El Ing. Wulff también puede llamarse responsable de los primeros sistemas de riego que se utilizaron en estos valles.

 

Vino también la industria; vinícolas para convertir las uvas de la región, despepitadoras de algodón, pausterización e industrialización de la leche... movida con aguas domadas que emanan del canal de la Perla, para dar paso a una vida donde la educación juega un papel importante, las generaciones viejas conviven con las de ahora y sus nuevas formas de comunicación y aprendizaje; los libros dan paso a la computadora y el teléfono móvil, aún así con el respaldo de los antiguos espíritus y el siempre presente desierto con sus plantas ásperas y sus delicadas flores, para que bajo la vigilancia del enorme espíritu del Cristo de las Noas pueda nacer con trabajo, con esfuerzo de cien años, la nueva ciudad centenaria; una ciudad que recibe puntualmente a sus nuevos habitantes a través de un muy visible portal amarillo, otra de las esculturas urbanas que caracterizan a Torreón.

 

El mural tiene la firma clásica de Gerardo Beucheot, arquitecto, quien trabaja poderosos desnudos femeninos con piel hecha piedra y mezcla en sus obras con maestría el paisaje desértico de roca y agresivas plantas con bellas y coloridas flores, muchas veces entremezcladas con el eterno femenino; abunda en el simbolismo de fósiles y petrograbados y retrata el ser y quehacer de los antiguos pobladores de estas tierras.

 

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