En Viesca

Resurgiremos siempre

Mientras el resto del país se ve envuelto en una tsunami de opiniones acerca del aborto por la reciente propuesta legislativa, en el altar de la capilla de la Señora Santa Ana en la Hacienda de Hornos de Viesca, descansan imperturbables dos escobas implorando un embarazo.

 

“Las doñas vienen a barrer el altar y luego las dejan ahí, para recordarle a la Señora Santa Ana que quieren tener un bebé y desean que ella les haga el favor,” nos dice la encargada del lugar.

 

Y podemos asumir que la petición funciona pues al altar luce limpio, la capilla pulcra en medio de la nada que lo fue todo para la Laguna: La Hacienda de Santa Ana de los Hornos, mencionada en documentos históricos desde 1599, es el origen de la Laguna en Coahuila. Desde ahí se fundó Saint Josef de Gracia y Santiago del Alamo el 25 de julio de 1731; de ahí, don Leonardo Zuloaga fundó el rancho del Torreón hacia 1850, erigido en ciudad en 1907 y celebrando ahora su primer centenario.

 

La cabecera municipal de Viesca, con su entrada flanqueada por las imponentes dunas de Bilbao, nos enfrenta como en ningún otro lugar a la realidad de que vivimos en Coahuila en medio de un desierto implacable, feroz, extremoso y recio. Un desierto que ha forjado gente igualmente implacable en su tesón, feroz en la defensa de sus ideales, extremosa en su deseo de progreso y recia en sus afanes cotidianos.

 

Revolucionarios como el Coronel Jesús González Herrera, quien no dudó en reunir a sus hombres para ir a recibir al Presidente Benito Juárez en la Peña… (“Desde este momento, señor Presidente, su seguridad es responsabilidad nuestra,” o algo parecido dicen que fue el recibimiento que le hizo) para venir a hospedarlo en una casa de la calle Real, donde hoy funciona una tortillería con un peculiar servicio a domicilio, pues las manda en cuatrimoto y el chofer lleva por casco una sombrilla que le protege del intenso sol de por acá.

 

Gente revolucionaria como Benito Ibarra Cuellar y Alvino Polendo, quienes con una veintena de hombres más, reconocidos y recordados como héroes en la bella plaza del Carmen, el 24 de junio de 1908 se levantaron en armas contra el gobierno de don Porfirio Díaz, en busca de mejores condiciones de vida para todos los mexicanos, en un movimiento que encontraría eco y encendería la llama de la revolución que don Francisco I. Madero inició el septiembre de 1910.

 

Pero por cada revolucionario y por cada guerrillero que hay en Viesca se encuentra uno a cien personas amables y desprendidas; gente que nos abre las puertas de sus casas para compartir su cocina, sus patios abundantes en palmas datileras y frescos porches de adobe; el canto de sus aves y el sabor cálido de su sabrosa plática abierta y franca y abundante.

 

Viesca es la única población en el mundo que, y ya sé que posiblemente exagero pero no importa, tiene un día dedicado al ausente. El 25 de julio, en su cumpleaños, el día de su Santo Patrono Santiago, celebra una comida para todos aquellos que ya no viven ahí, pero que reconoce como hijos y espera con ansia a su retorno. Nos cuentan que asisten más de 700 personas que si andaban ausentes, se les concedió volver.

 

Viesca acepta las vicisitudes de la vida en el desierto y acepta los golpes que le dan la naturaleza y el destino sin doblegarse, replegándose acaso para esperar nuevas oportunidades y dedicándose al disfrute de sus plazas y sus bicicletas pero inscribiendo en su escudo una sentencia admonitoria: “resurgiremos siempre.”

Fue la Hacienda de Hornos el corazón de la región, para caer en el abandono con los cambios de la geopolítica y la economía… Ya planea su restauración y una nueva oferta de vida con su museo y la exhibición permanente de los bellos óleos de su capilla, a través del patronato de la asociación “Adopte una obra de arte.”

 

Fue la empresa Sulfatos de Viesca el ritmo de su economía con sus más de cuatrocientos trabajadores, proveedora mundial de sulfato y cloruro de calcio a través del famoso como apropiado nombre, “sal Hada.” Ahora luce sus ruinas y deja que el viento esculpa caprichosas obras de arte en sus instalaciones que ya casi no son… pero paciente espera nuevos inversionistas y nuevas técnicas que permitan el aprovechamiento de sus recursos.

 

Fue el agua de sus manantiales y acequias la sangre de vida para un oasis refrescante y abundante, y Viesca espera pacientemente un nuevo reacomodo de las leyes naturales y políticas para tenerla de nuevo, declarando parque municipal el lecho seco de su manantial Juan Guerra y haciendo un parque ahí a la sombra de los pinabetes y muchos, muchos árboles nuevos bordeando un par de albercas como para decirle al agua, “de aquí no te irás nunca,” aprendiendo mientras a vivir con menos y adaptar sus cultivos y sus sombras a las lilas, los troenos, laureles, anacahuitas y plantas que saben vivir aquí.

 

Fue la palma datilera sustento  y orgullo de una ciudad inquieta; sus frutos dulces recompensas del paso de un verano intenso, envidia de propios y extraños que se la están llevando, aprovechando la nobleza del enorme gigante que acepta sin titubeos el reacomodo de sus centenarias raíces, a ciudades lejanas, hija ausente del pueblo de Viesca e hija de las más añoradas. Pero ya se prepara el rescate. Con viveros e ingeniosos incentivos municipales y trabajo, mucho trabajo de hoy para el mañana, se incrementa el número de palmas y se asegura también el resurgimiento que sin duda vendrá a esta villa de Viesca.

 

Mientras, siempre en espera del resurgimiento, sus dunas cambian siempre y siguen siempre iguales. Igual que el visitante, que cambia en la visita y se aleja quedándose y se queda en Viesca y Viesca va con él.

 

 

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